La Columna Económica
La tentación de las soluciones drásticas suele florecer tras períodos prolongados de inestabilidad monetaria. Frente a la memoria reciente de la hiperinflación y el deterioro del bolívar, la propuesta de dolarizar formalmente la economía venezolana se presenta ante la opinión pública como una panacea rápida y definitiva.
Sin embargo, en el análisis económico riguroso, ceder la moneda nacional no es la medicina adecuada: es la amputación de la política económica del Estado. Dolarizar de manera oficial no resuelve las fallas estructurales que originaron la crisis; simplemente le engarza una camisa de fuerza importada.
«Dolarizar de manera oficial no resuelve las fallas estructurales que originaron la crisis; simplemente le engarza una camisa de fuerza importada.»
Al renunciar al signo monetario patrio, un país cederá de forma irreversible su soberanía monetaria a una entidad foránea que fija los tipos de interés y la masa monetaria en dólares en función estricta de las necesidades de una economía externa, con características distintas a la realidad venezolana. Esta renuncia entraña riesgos severos.
Una economía nacional altamente expuesta a la volatilidad de los precios petroleros perdería la tasa de cambio como amortiguador ante shocks externos. Si los precios de las materias primas caen, un país con moneda propia ajusta su competitividad vía tipo de cambio; un país dolarizado, en cambio, debe realizar el ajuste por la vía más dolorosa: la deflación, lo cual conduce a la caída del empleo y el estancamiento económico.
La autoridad monetaria perdería su función de prestamista de última instancia. Ante un pánico financiero o una crisis de liquidez en el sistema bancario, no existirá el banco emisor que permita enfrentar una corrida financiera.
A esta vulnerabilidad interna se suma el escenario macroeconómico del país que tenga el dominio de la moneda externa. Si su economía enfrenta un deterioro estructural caracterizado por un déficit fiscal persistente, un desbalance comercial recurrente y una deuda pública sin precedentes, dolarizar la economía nacional en este contexto equivale a atar su destino a una moneda expuesta a la pérdida de poder adquisitivo a nivel global.
Por ejemplo, si la moneda de reserva se deprecia frente a otras monedas como el euro, el yuan o el real brasileño, la canasta de importaciones que consume el país nacional se encarecerá automáticamente, importando una inflación en dólares imposible de contrarrestar sin instrumentos monetarios propios.
La verdadera estabilidad macroeconómica no se logra importando la moneda de otro país, sino construyendo instituciones sólidas y creíbles en la nación que se dolariza. Experiencias regionales como las de Perú y Chile, en las décadas de los noventa y ochenta, demuestran que es perfectamente posible erradicar la alta inflación y consolidar monedas nacionales respetadas sin recurrir a la dolarización. Ambos países lograron, mediante dos pilares fundamentales, la autonomía real del Banco Central y una restricción absoluta al financiamiento inorgánico del gasto público.
La disciplina monetaria no se logra transfiriendo la moneda a otro país, sino blindando el marco legal institucional e incentivos claros para que el ente monetario cumpla su mandato constitucional, centrado en defender el poder adquisitivo de la moneda nacional.
En el caso de Venezuela, renunciar a su moneda no es la vía; pero sí requiere blindar su Constitución e institucionalidad.
ET
Economista · Karamakate Consultores
Especialista en política monetaria, finanzas públicas y análisis macroeconómico. Colabora con el equipo de Karamakate Consultores en la evaluación de riesgos económicos y en la asesoría estratégica a organizaciones e inversionistas.
e.tovar@karamakate.com
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